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Ocurre a
veces en el colegio que, dada la proximidad de la fecha a conmemorarse, -porque
el día elegido casi siempre es aniversario de alguna muerte, y no es cuestión
de andar festejando, sino conmemorando- es menester preparar la realización del
acto que, por lo menos, será el pasaporte para zafar horas de clase.
- ¡Un momento, voto a Sarmiento! ¿Zafar horas de clase? ¿Quién dice
semejante cosa? ¿Los profesores? ¿Los incorregibles alumnos?
- Ambos. Y ambos lo expresan de igual manera: ZAFAR.
La tarea de planificar la conmemoración (Recuerden: No se celebra, se
con-me-mo-ra) es asignada a un grupo de profesores, supongamos cinco, que -a su
vez- reparten sus responsabilidades de la siguiente manera: Uno busca las glosas
del año pasado, preferentemente de otra escuela en que trabaja; y otro se
encarga de copiar algún discurso de un libro de texto lo suficientemente añoso,
como para que no lo reconozcan ni los alumnos más repetidores.
¿Y los tres profesores restantes?
¡Sí! ¡Adivinaron!
Los tres restantes, no solo zafan las horas de clase como todo el
mundo, sino que también zafan la preparación del acto. Por fin,
precedido por el entusiasmo y el fervor patriótico que les he descripto,
llega el momento de zafar...perdón, de realizar la celebración, digo, la
conmemoración.
Los alumnos habrán de formar derechos, que para eso están.
Mirando hacia el frente, en posición de firmes, las manos fuera de los
bolsillos y, en lo posible, absteniéndose de cachetear la nuca del compañero
de adelante.
Aquí es cuando crece el protagonismo de los preceptores: Recorren las
filas con paso prieto y sigiloso, controlando que todo esté en orden.
¡Y resultando decepcionados cuando ello ocurre!
¡Sí! ¡Lo digo, lo grito y lo sostengo!
Siempre supe que, cuando los preceptores realizan ese desfile
seudo-preventivo, abrigan en los más hondo de sus almas, la esperanza de hallar
algún incauto que se esté portando mal.
Y le dicen, con rostro adusto y severo, que eso no se hace.
A propósito, puedo citar una experiencia personal como alumno:
(Escena: Acto escolar, el autor de esta nota parado, derechito, y dirigiéndose
a quien lo precede en la fila.)
- YO: ¡Che, Polaco!¡Polaco...!
(El preceptor, sin ser advertido, se para a mis espaldas)
- POLACO: ¡Shhh..! ¡Callate!
- YO: Pero, ¿Qué pasa, Polaco? ¡Escuchame, dame bola!
- POLACO: (Sin darse vuelta) ¡Shhh...!
- YO: Fijate, Pola. La de historia: La única diferencia entre ella y un
hipopótamo es que, gracias a Dios, ella está vestida.
- POLACO: ¡Basta!
- YO: ¿Qué? ¿Te gusta la de historia, ahora?
- POLACO: ¡Shhh...!
- YO: (Como si nada) ¡Ah, no! ¡Hay otra diferencia con los hipopótamos!
El otro día, en la televisión, ví que estos paquidermos a veces se bañan.
Y recién entonces, girando levemente el cuello, comprendo al Polaco y
su persistente mutismo.
Allí se erguía Herr Preceptor...
El tipo disfrutó la situación, la consintió, permitió que se
agravara, y luego me invitó a abandonar la fila, con palabras -debo decirlo- no
del todo dulces.
A continuación se me indicó permanecer en un rincón que, como supuse
acertadamente, habría de ser mi nueva ubicación hasta el final del acto.
- Farina: ¿Usted se cree muy gracioso? - Preguntome.
No contesté, pues no me pareció momento para conceder reportajes.
Y allí estuve, firme, hasta el final, cual un número vivo no incluido
en la programación original.
Mientras aguardaba el momento de mi libertad, imaginaba que, de haber
previsto mi mala conducta, los organizadores no hubieran dejado pasar la
oportunidad de hacer alguna mención al respecto.
La glosa -por supuesto que leída, y sin cambiar el tono de voz ni por
casualidad- diría más o menos así:
"- A continuación, el señor preceptor Gómez procederá a hacer
efectivo el retiro de la fila del alumno Farina, quien hallábase -a la sazón-
observando una inconducta pavorosa, totalmente reñida con las normas morales
que el establecimiento debe empeñarse en hacer cumplir, pues sin duda
contribuirán a un futuro mejor para nosotros, y para las postreras generaciones
que habiten este sagrado suelo, legado inalienable de los prohombres que
forjaron la nación."
Y mi camino al vergonzante rincón es acompañado con un caluroso
aplauso, según lo marca el protocolo.
Durante esa breve estancia, me sentí observado por directivos y
docentes, algunos de los cuales me decían con su mirada:
"- ¡Debería darle verguenza! ¡Un buen alumno!"
Todavía no comprendo por qué razón el ser un buen alumno sería un
agravante.
Además:
1- No me enorgullezco de mi conducta en aquella ocasión.
2- Pero, puesto a avergonzarme, he hecho cosas peores.
Volvamos al acto, que ya está empezando y se nos va a hacer tarde.
Hace su entrada la bandera de ceremonias. La recibimos con un fuerte
aplauso. ¿O con un respetuoso silencio? ¿O el aplauso es para despedirla? ¿O
es un respetuoso aplauso? ¿O un fuerte silencio?
Siempre sostuve que la distinción radica en el estado de ánimo de
quien hace el anuncio.
Luego entonamos, con indisimulable fervor patriótico, las estrofas de
nuestra canción patria.
El Himno no es gracioso.
Vamos a decirlo: Nunca lo ha sido, ni lo será.
¿Por qué, entonces, esa tendencia a reírse durante su transcurso,
mientras se busca, de reojo, algún cómplice?
Justamente porque eso no se puede -o no se debe- hacer.
De todos modos, existe una cuestión más profunda relacionada con los
símbolos patrios en la escuela, que excede este artículo, y que abordaré en
otra ocasión, si mis ganas me lo permiten.
Luego del Himno, se dará lectura a unas palabras alusivas.
Es en este momento donde el desinterés por el discurso, por el acto y
por la fecha, se torna evidente.
En efecto, alguien se para frente al micrófono -que funciona de a
ratos y se acopla, por supuesto- para largar una insufrible parrafada, cuyo
comienzo podría ser:
"- Nos hallamos aquí reunidos (vaya novedad) para conmemorar, con legítimo
orgullo, la gesta heroica de..." o:
"- En un día como el de hoy, hace ciento ochenta años.."(El del año
pasado era distinto, decía ciento setenta y nueve.) o:
"- Una pléyade de hombres egregios, cuyo única ambición era el bien
de la Patria..."
Los alumnos, entre tanto, se hallan abocados a alguna de las siguientes
tareas:
- Mirar al frente con cara de prestar atención, mientras recuerdo que el sábado
voy a acostarme tarde, así que ni loco voy a jugar al fútbol el domingo, a no
ser que no me acueste.
- Recorrer el lugar con la mirada, y observar las caras de aburridos de los
demás. (Eso hacía yo, me acuerdo.)
- Patear disimuladamente el talón del compañero que nos antecede en la
fila, o soportar igual conducta observada por el compañero que nos precede.
- Mirar la hora.
Cuando el discurso cesa, con palabras tales como: :"...y debe ser
el paradigma que guíe cada una de nuestras acciones.", se produce el
previsible y desganado aplauso que, en todo caso, celebra la llegada del final.
Digo yo, queridos educadores, colegas, hermanos...
¿Tanto nos sorprende y molesta que los alumnos evidencien desinterés
por las fechas patrias?
¿No hemos dicho alguna vez, que resulta práctico eso de correr los
feriados, y hacer que San Martín haya muerto el tercer lunes de Agosto?
¿Alguno de nosotros soportaría hablar -fuera del acto- con ese
lenguaje barroco, arcaico y sobrecargado con que alguien escribió las llamadas
glosas?
¿Nos importan a nosotros esas fechas?
¿Damos un buen ejemplo, como para reprender, con verdadera autoridad
moral, a algunos alumnos que indudablemente se desubican en los actos?
¿Podemos enseñarles al respecto?
¿Somos capaces de contestar que sí a alguna de estas preguntas, sin
cruzar los dedos ni que nos crezca la nariz?
¿Quién sabe, no?
CARLOS GUSTAVO
FARINA
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