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Recuerdo
perfectamente el momento en que aparecieron. Tenerlos y exhibirlos, fue sinónimo
de status y distinción. Recuerdo
también que el resto de los mortales, criticábamos a aquellos que, impúdicamente,
se mostraban con ellos dondequiera que estuvieran. Una
pizca de envidia facilitaba la tarea. Fue
así que en la pizzería, en un lugar bailable, en la puerta de casa o visitando
al tío Ildefonso, los propietarios de teléfonos celulares jamás dejaban pasar
ocasión de portarlos. El
tenerlos era sinónimo de status y distinción. Era,
dije bien, porque la baja de precios y la competencia lograron el milagro de
volverlos un robo soportable por más gente. El
celular se hizo masivo, y perdió su elitista toque de elegancia. Comenzaron
a ofrecerlos por las calles, en los shoppings y en la puerta de tu casa. Hoy
en día, por preguntar el precio de un lavapiés, Ud. se hace acreedor a un
celular sin cargo, con DDI y minutos libres. Obviamente,
también se intensificaron las posibilidades de utilizarlo. Recuerdo
que, cuando algún promotor pedía explicaciones para mi decimonónica negativa
a estar comunicado siempre, solía contestarle: "
- Porque considero que contratar un celular es pagar para que me jodan." -
Y seguía mi camino, lleno de legítimo orgullo. Pero
no soy tan fuerte, ni tan íntegro. Un
día salí a caminar por el centro de la ciudad
y regresé luciendo, en la cintura, una inesperada protuberancia: Mi
propio teléfono móvil. ¡Cómo
esperaba recibir llamados! Nada tenía que envidiarle a la adolescente que,
ansiosa, transforma en eternidades los momentos que preceden al contacto con su
amado. Debo
admitir que, con el tiempo, esa ansiedad comenzó a atenuarse progresivamente. Los
llamados recibidos se hicieron más frecuentes, los horarios en que ocurrían se
diversificaron y llegué a sospechar que algunas de esas comunicaciones no
resultaban del todo indispensables. Si
quedamos en encontrarnos a las ocho: ¿Para qué me llama ocho menos cuarto,
avisándome lo que suponía, es decir, que va para allá? Si
fue a la Capital utilizando el ferrocarril: ¿Para qué me avisa que está por
tomar el tren de regreso, si jamás se me hubiera ocurrido que decidiera volver
en helicóptero? Con
los meses, descubrí que si presiono durante unos segundos la tecla "Power"
y el visor del móvil se desvanece, mi supervivencia no corre peligro alguno
hasta que repito la operación en sentido inverso. Pude
comprobar de manera fehaciente que, cuando lo dejo en casa, a poco de alejarme,
ya no escucho su estridente riiiing, portador de novedades cotidianas. Quizás
me esté volviendo adicto, pero no podría desprenderme de él sin lamentarlo. Sólo
quien tiene un celular, escúchenme bien, puede acceder al sibarítico placer de
mantenerlo apagado. Recordé
que hace un tiempo, la palabra celular representaba en mi cabeza un vehículo
policial, utilizado para trasladar a las personas hacia el lugar de detención. El
celular era sinónimo de perder la libertad. Creo que las cosas no han cambiado mucho. CARLOS
GUSTAVO FARINA
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