|
El sol en pañales dibuja en su cuarto una estrecha sombra vestida de piel. Frugal desayuno, tan sólo una taza de café con leche, tostadas y miel.
Pasaron diez lustros, uno tras el otro. Ni blanco ni negro, Señorita Gris.
Oscura su ropa, pues se ha marchitado su vientre, semilla que nunca fue flor. Oscura, pues sabe que jamás ha vuelto el príncipe ansiado, que huyó con su amor.
Oficina, almuerzo, también para uno. Siempre para uno, Señorita Gris.
Canas escondidas, dolor de cabeza, los nervios que causan mala digestión. Y un rictus sincero le llena la boca, le llena la boca de resignación.
Sus uñas, cuidadas; sus pies, impecables. De porte elegante, Señorita Gris.
La tarde y la noche son sol y son luna. Son oro, azabache, azufre y carbón. Son vuelco profundo, son como la vida: éxito y ocaso, hartazgo y pasión.
Mas cuando este día de a poco se apague, cuando el cielo exhiba su oscuro matiz, ella estará quieta, nada habrá cambiado: Ni blanco ni negro, Señorita Gris.
CARLOS GUSTAVO FARINA
|