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Ayer, por la tarde, me crucé con Karina, mi amiguita. Nos saludamos y seguimos. Pasaron ya algunos años desde que dejamos de vernos con frecuencia, pues ella abandonó el grupo de teatro que integrábamos. Me acuerdo, sus trece años y medio frente a mis recientes veintisiete. La doblaba en edad. Como todas las nenas que están dejando de serlo, Karina no perdía ocasión de comentar que la gente -en general- jamás le daba la edad que realmente tenía, sino cuatro o cinco años más. Yo, mentiroso a sabiendas, asentía invariablemente: "- Y, no, nadie te daría trece años." . Karina, sin ser una belleza espectacular, no era fea, en absoluto. Además, resultaba bastante madura e inteligente para su edad. Ella lo sabía, y lejos estaba de querer disimularlo. Dentro del elenco de teatro, digamos que conmigo era con quién más se daba. No podía ser de otra manera: La gente de su misma edad, según ella, le resultaba infantil y aburrida. Amén de eso, los integrantes del grupo mayores de cuarenta, no vacilaban en calificarla -a sus espaldas- de "mocosa insolente que se lleva el mundo por delante." En parte coincido, pero no puedo asegurar, -viniendo de quienes venía- que esa definición constituya una crítica, un elogio o ambas cosas. La cuestión es que nuestra diferencia de edad atenuaba los efectos que produce la diferencia de sexo: podíamos ejercer algo parecido a la amistad, y nos gustaba hacerlo. Debo ser absolutamente sincero, y por ello confesaré que, aunque de manera muy diluída, en ocasiones olvidaba la corta edad de mi amiguita. Ocurría entonces ese juego de seducción que, encubierto o descarado, rige cualquier relación entre hombre y mujer. Pero no más que eso. Un natural y saludable mecanismo de censura cercenaba cualquier fantasía. Mi pudorosa conciencia habría calificado a esa fantasía como indecente. Cierta vez, llegué apenas un poco más lejos con mis pensamientos. Fue una noche en que el ensayo demoró más de lo previsto. Era tarde, llovía, y por eso me ofrecí a llevarla. Mi generosidad fue extrema, pues andaba a pie, y para buscar el auto debía ir hasta mi casa, allí a tres cuadras. Ella no quiso esperar en el lugar de ensayo, e insistió en acompañarme. El garaje quedaba en el fondo, y se había cortado la luz en toda la cuadra. Las copas de los árboles, silbando con el viento, más la sombra plateada de un relámpago, daban al paisaje un romántico aire de película de suspenso. No pude evitar el comentario jocoso, que ahora califico además, como intencionado: "- ¡Mirá, Karina, adónde te llevo!" "- No importa, yo no tengo miedo...- Respondió riendo. Subimos al coche a oscuras. Fue allí -en el interior del vehículo- que rondó mi cabeza la idea de hacer un paréntesis, y darle a mi amiguita Karina, cuanto menos un beso. El auto, quizás bajo el influjo del demonio que rige las tentaciones, se negaba a arrancar. Karina permanecía sentada a mi lado, callada, paciente y distendida. Hice algunos chistes olvidables sobre la conveniencia de una noble bicicleta con paraguas, mientras insistía con el encendido. El motor de arranque daba vueltas bajo el capot, y la idea pecaminosa daba vueltas en mi cabeza, ambos vanamente. Y ambos me ponían nervioso. Cada vez más inquieto y nervioso. Por fin logré encender el auto. Rumbeé para su casa sin vacilar, -para no tentarme- y al llegar, el padre la esperaba, preocupado y algo humedecido, en la puerta. Ambos, ella y papá, agradecieron mi atención. A la vuelta, en soledad, me sentí casi un monstruo desubicado e impío, por haber pensado lo que tibiamente pensé. Dos semanas después, ella abandonó el elenco y -como les decía- no la ví más. Meses más tarde, charlando con mi prima, quien también integraba el grupo de teatro, recordamos a Karina con el siguiente diálogo: - La que vino a casa a tomar mate el otro día fue Karina. ¿Te acordás de ella? - Dijo. - ¡Claro que me acuerdo! No vino más a teatro.. ¿Viste? - Creo que no tenía quien fuera a buscarla. - Una lástima. Siempre charlaba con ella. Me parecía piola esa nena. - Comento inocentemente. - Sí, ella me preguntó por vos. ¿Era amiga tuya, no? - Y, mirá -dije, casi canchereando- con las mujeres es difícil ser amigo, pero ella era tan chiquita, y yo tan grande, que no se nos hubiera ocurrido otra cosa. Mi prima rió levemente, y exclamó: - ¿Ella, chiquita? ¿Vos, grande? Más de una vez me dijo que, cuando te descuidaras, te iba a poner contra la pared. Mi rostro esbozó una congelada sonrisa de sorpresa. - Y decía que ahí sí que no te ibas a escapar. - Concluyó mi prima, dando a ese "sí que no te ibas a escapar" un énfasis más que notorio. Ayer, por la tarde, me crucé con Karina, mi amiguita. Nos saludamos y seguimos. Hoy sé que si esta charla con mi prima hubiera ocurrido unos meses antes de cuando efectivamente ocurrió, -o sea, mientras Karina integraba el elenco- la historia no hubiese variado sustancialmente. Sé que mis escrúpulos me hubiesen frenado absolutamente, de la misma manera en que lo hicieron entonces. Sé que estuve bien en frenarme. Pero, aún así, me planteo azorado lo siguiente: Supongamos que existe el Paraíso, y que yo, autor de este relato, lograra acceder a él al cabo de la vida... ¿Recibiré algún plus, alguna bonificación celestial, que recompense mi derroche de ingenuidad sobre este valle de lágrimas? CARLOS GUSTAVO FARINA |