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Nunca imaginó
aquella inglesita, cuando inventó la minifalda en los años '60, que además
de provocar una polémica de tipo estético, - como siempre ocurre con la
moda. - la cosa derivaría en debate ético; y que ese debate habría de
llegar hasta fin de siglo, ingresando incluso -¡Voto al cielo! - en
los sagrados claustros de la enseñanza media.
La pregunta del
millón sigue siendo: ¿Pueden las educandas ingresar al establecimiento
llevando minifaldas?
Pero...minifaldas:
¿Y nada que las cubra?
Nada de nada.
¿Ni el
guardapolvo, que en este caso no sólo guardaría polvo?
Nada de nada.
La respuesta es
muy sencilla: A los establecimientos educativos se ingresa vistiendo
indumentaria adecuada.
¿Oyeron bien? ¡A
- DE - CUA - DA!
Obviamente, la
indumentaria adecuada es aquella que la directora puede ponerse, sin que
los alumnos realicen gesticulaciones epileptoides, provocadas por un
fallido intento de reprimir la carcajada más obscena.
Recuerdo dos casos
verídicos:
El primero de
ellos ocurrió mientras quien suscribe cursaba su escuela secundaria. Una
madre, preocupada tal vez por la incipiente vellosidad en las manos de su
primogénito, más las sospechosas e indisimulables ojeras, se quejó ante
el rector por el largo - o mejor dicho, el corto - de las polleras que
integraban el uniforme del establecimiento.
El rector, quien
llevaba ya nueve horas levantado y todavía no había prohibido nada,
decidió imponer lo siguiente: Todas los uniformes femeninos se extenderían,
en su parte inferior, al menos dos dedos por debajo de las rodillas.
Supongo,
inclusive, que lo de los dedos sería en sentido figurado, porque, eso de
dedos y piernas, todavía hoy me suena un poquito subido de tono y
ruborizante.
El resultado: un
grupo de jóvenes estudiantes provocando la burla de sus colegas de otras
escuelas, quienes las apodaron "Las Monjas", y no por su
dedicación al prójimo, castidad ni voto de obediencia.
El otro caso
ocurrió mientras me desempeñaba como docente en un establecimiento de la
zona: Una alumna del colegio solía concurrir, los días calurosos y
algunos otros, con minifaldas de jean que, justo es reconocerlo, le
quedaban bien.
Recuerdo que una
integrante del personal directivo, quien, en razón de su volumen, no
hubiera podido instalarse esa prenda en una de sus muñecas, se ocupó
personalmente de acabar con ese escándalo.
Fue así que, sin
perder tiempo y alegando que le quedaba de pasada, se constituyó en el
domicilio de la joven y comunicó a los padres lo siguiente: A su hija le
estaría vedada la entrada al colegio, hasta tanto sus polleras no se
aproximaran al suelo de manera más conveniente.
Unos meses después,
esta chica estuvo enferma y faltó por ello durante diez días.
No supe que esta
misma integrante del personal directivo se ocupara de su estado de salud
con la misma premura que de sus faldas, aunque la casa de la alumna le
quedara igualmente de pasada.
Ambos casos tienen
un evidente elemento en común: Si la minifalda puede provocar trastornos,
hay que taparla.
La minifalda es la
encarnación del demonio, aunque cubra zonas que el saber popular asocia
con el Rostro del Creador.
Digo yo,
ingenuamente: ¿La cuestión no será al revés?
¿No será que, si una
simple minifalda provoca trastornos, el trastornado es el que mira?
Personalmente, si
observo una minifalda enfundada en una buena percha femenina, la miro.
SÍ, LA MIRO. (Y
me preocuparía si no me diera por mirarla)
La miro y sigo mi
camino, nada más.
Si alguna vez, un
atuendo de estos me provocara espasmos, enrojecimiento facial, salivación
y otros síntomas, les pido, queridos lectores, que me encierren de
inmediato. Mas no impidan a una joven agraciada continuar rindiendo
tributo a la belleza y al buen gusto.
¿Está claro?
CARLOS GUSTAVO FARINA
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